Durante el descanso navideño, he estado leyendo la vivaz y divertida historia de la filosofía moderna de Anthony Gottlieb, El sueño de la Ilustración. A medida que da cuenta de importantes figuras como Descartes, Hobbes, Locke y Voltaire, Gottlieb muestra un fuerte sesgo a favor del racionalismo y del anti-sobrenaturalismo que evocan los personajes del pensamiento moderno. Hacia el final de su capítulo sobre Spinoza, Gottlieb declara que lo que él llama “la religión de Spinoza” es más o menos idéntica a la visión del mundo secularista que muchos propugnan hoy en occidente incluyendo él mismo.

Encontré su resumen extremadamente clarificador y útil como comparación para lo que yo creo es una visión propiamente religiosa de las cosas. Responderle punto por punto es un gran ejercicio para cualquiera que aspire a evangelizar la cultura hoy en día. Primero, argumenta, “Esta [la visión de Spinoza] insiste en que la moralidad no tiene nada que ver con el mandato de un ser supremamente poderoso, y que no requiere de un sacerdocio…para sostenerse”. Por supuesto, cierta desmitificación es buena. Ninguna persona religiosa seria piensa que Dios es un potentado terrenal, sentando en un trono y escupiendo mandatos arbitrarios. Pero las personas religiosas serias sí piensan que las normas morales absolutas—o sea, las leyes que prohíben cosas que son intrínsecamente malas (esclavitud, el asesinato directo de un inocente, el abuso sexual de niños, etc.)—deben estar basadas en algo más que un antojo subjetivo, convención social o evolución biológica. Deben, en resumidas cuentas, encontrar su justificación en las más hondas estructuras de la realidad, que es otra forma de decir que la encuentran en el mismo ser de Dios.

¿Qué hay de la segunda observación de Gottlieb acerca del sacerdocio? Bueno, no haré aquí un argumento que cubra la totalidad de la vida litúrgica católica, pero hablar de sacerdocio es básicamente hablar de culto, y el culto no es otra cosa que la ordenación formal y ritual de la propia vida a Dios. Así, si Dios es de hecho la base de la moralidad, entonces algo como el culto es de hecho necesario para el cultivo y ejercicio de la moralidad. De acuerdo con el famoso dicho de Will Herberg, la moralidad separada de sus fuentes religiosas es como unas flores cortadas y puestas en un florero. Florecerá por un corto tiempo, pero sin el culto propio a Dios, decaerá pronto.

Gottlieb continua: “[La filosofía de Spinoza] rechaza la idea de un Dios personal y creador, que se preocupa y que ocasionalmente incluso juguetea con el mundo”. Spinoza rechaza decididamente la noción de un Dios personal, identificando la deidad, más o menos, con la naturaleza misma, lo que lo hizo agradable a ateos, panteístas y adoradores de la naturaleza de los últimos siglos. ¿Pero es esto razonable al final? Un análisis más detallado revela que el universo, en cada rincón y grieta, está marcado por la contingencia y la dependencia. Las cosas no existen por ellas mismas, sino por el influjo de una serie de nexos y causas extrínseca a ellas. Pero estas causas son ellas mismas contingentes respecto a otras causas. Si queremos dar razón suficiente de por qué existen los fenómenos y las cosas individuales, no podemos seguir apelando sin cesar a las causas condicionadas. Debemos, al final, llegar a un tipo de realidad que exista simplemente en virtud de su propia naturaleza. Y reconocemos que éste ser que es incondicionado es la fuente del ser de todo lo que está fuera de él; reconocemos, en una palabra, que es el creador del universo.

¿Pero acierta Spinoza al menos en caracterizar a esta causa incausada como un ser fundamentalmente impersonal? Debemos responder que no, porque lo que es absolutamente incondicionado no puede adquirir nuevas actualizaciones, y por tanto posee todas las perfecciones del ser, entre las que deben estar la mente, la voluntad y la libertad. “Eso” debe ser, por tanto, un “quien”, una persona. Ahora, si concedemos que el creador es una persona, ¿podemos estar de acuerdo con Spinoza (y el secularismo moderno) en que no se preocupa por el mundo? ¡No! Amar es querer el bien del otro. Si la existencia es un bien (y lo es seguramente), y si el universo mismo existe solo a través de la voluntad del Creador (y seguramente lo hace), entonces el mismo ser del mundo es, en cada momento, fruto del amor de aquella realidad incondicionada por el mundo.

Finalmente, Gottlieb dice que la filosofía de Spinoza rechaza lo sobrenatural y “pone su fe en el conocimiento y en el entendimiento en vez de en la fe en sí”. Por “sobrenatural”, probablemente se refiere a la supersticiosa creencia en fantasmas, duendes y parecidos, no, propiamente, a lo sobrenatural en el sentido de aquello que trasciende el mundo de la experiencia ordinaria, de lo visible y medible. ¿Por qué debemos rechazar estas cosas necesariamente? Ya hemos mostrado que es eminentemente razonable creer en Dios, quien es sin duda sobrenatural. ¿No es acaso un prejuicio crudo afirmar que la realidad está limitada a aquello que los seres humanos pueden aprehender con sus sentidos y medir con nuestros endebles instrumentos? De hecho, Gottlieb concede la partida con su franca afirmación de que el racionalismo secular “pone su fe” en la razón, saliéndole así el tiro por la culata. ¡¿Por qué es la fe algo malo hasta que sirve para justificar que los limites de lo racional son los limites de lo verificable empíricamente?!

Si tienes tiempo, lee el El sueño de la Ilustración de Gottlieb. Te mostrará las ideas, prejuicios y suposiciones cuestionables que han engañado las mentes de tantas personas, sobre todo jóvenes, de hoy. Te preparará para evangelizar nuestra cultura, tan religiosamente escéptica.