Aunque vivo en San Barbara, voy con frecuencia a Los Ángeles por reuniones y otros eventos. Cuando estoy en la ciudad, me gusta pasear por el centro. El edificio que más me gusta mirar durante estos paseos es el Teatro Disney, cuartel general de la filarmónica de Los Ángeles y creación de Frank Gehry, probablemente el arquitecto más conocido del mundo. Como muchos otros de los edificios de Gehry, el Disney está marcado por resplandecientes superficies metálicas, curvas y un diseño juguetón. Algunos han sugerido que la fachada del teatro evoca las páginas de un libreto que acaba de caerse del podio del director. Los corros de gente que se forman con frecuencia alrededor del edificio para admirarlo y sacarle fotografías son prueba de que es una obra de arte cautivadora. Poco después de haber llegado a la diócesis de Los Ángeles, me enteré de que Gehry es uno de los finalistas en la competición para diseñar la nueva catedral aquí. Por ser comedido, habría sido interesante ver como habría ejecutado el encargo.

Todo esto se me vino vivamente a la memoria cuando leí una reciente entrevista con Gehry, realizada en preparación de su 90° cumpleaños. Después de rumiar acerca de su larga y productiva carrera, el arquitecto dice que aún albergaba un gran deseo: “Me gustaría diseñar una iglesia o una sinagoga. Un lugar que tenga trascendencia. Siempre he estado interesado en el espacio que trasciende hacia algo: alegría, placer, entendimiento, discurso, cualquier cosa que pueda hacer de un espacio parte de un diálogo”. Podemos reconocer fácilmente en estas palabras lo que llamaría un “anhelo agustiniano”. El gran padre de la Iglesia, Agustín de Hipona, escribió hace mucho: “Señor, nos has creado para Ti, y nuestro corazón no encontrará reposo hasta que descanse en Ti”. Nos guste o no, lo reconozcamos explícitamente o no, todos estamos marcados por un hambre y una sed de un bien que trasciende todos los bienes disponibles de este mundo. Como observó C.S. Lewis, este deseo del corazón se revela en momentos de particular alegría, pues es precisamente cuando hemos alcanzado un gran bien del mundo—fama, placer, poder, dinero, etc.—cuando nos damos cuenta de que todavía necesitamos algo más. Esta es la belleza y bondad a la que apunta la religión, la trascendencia a la que debe ordenarnos.

Pero surgió un problema. Mientras se adentraba en el significado de “trascendencia”, Gehry dijo esto: “Olviden el factor religioso. ¿Cómo hacer para que un espacio se perciba como trascendente? ¿Cómo se crea un sentimiento de naturalidad con el universo, la lluvia, las estrellas, la gente a tu alrededor? Es confortante sentarse en una gran habitación y escuchar la lluvia”. Al decir esto, el arquitecto reveló que su perspectiva es pagana. Por favor, que no se me entienda mal: tengo un gran respeto por la religión pagana. De hecho, mi mentor, Monseñor Robert Sokolowski, me dijo una vez, “Si dejas de ser cristiano, te recomiendo que seas pagano. La religión pagana es noble, pues tiene que ver con el honor hacia las grandes necesidades naturales”. Quería decir que esta antigua tradición espiritual, disponible tanto en sus expresiones mitológica como filosófica, tenía que ver con ordenar a los seres humanos hacia una correcta relación con la tierra, el mar, los procesos naturales de vida y muerte, etc. Esta es la “trascendencia” que evoca el paganismo. Pongo la palabra entre comillas porque no señala, en ese contexto, bienes que vayan más allá del mundo, sino solo bienes que van más allá del yo.

Hay un poético y extático pasaje en las Confesiones de San Agustín que articula la diferencia fundamental entre una concepción bíblica y otra pagana de la trascendencia. El viajero espiritual se pregunta cual es el objeto que verdaderamente se corresponde con el anhelo que tiene dentro del corazón:

¿Cuál es el objeto de mi amor? Le pregunté a la tierra y me dijo: ‘No soy yo’. Le pregunté a todo lo que está en ella, y me hizo la misma confesión (Job 28,12). Le pregunté al mar, a las profundidades, a los vivientes que reptan, y me respondieron: ‘No somos tu Dios. Busca encima nuestro’. Le pregunté a los vientos que soplan y el aire entero con sus habitantes dijo: ‘Anaxímenes se equivocó; yo no soy Dios’. Le pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas; dijeron: ‘Tampoco somos el Dios que buscas’. Y le dije a todas las cosas que están fuera de mi: ‘Háblenme del Dios que no son, díganme algo acerca de Él’. Y exclamaron con gran voz: ‘Él nos hizo’”.

Entender esta cita es captar la gran diferencia entre la religión bíblica y el paganismo. Agustín deja eminentemente claro que, aunque reverencia los bienes de la naturaleza, sabe que su corazón quiere algo más, algo que es infinitamente más.

Una de las marcas más características de nuestro tiempo es un secularismo que nos tiene atrapados dentro del mundo de lo que se puede ver y medir. Lo que esta ideología hace con el anhelo agustiniano de Dios es convertirlo en el evidente neopaganismo de las palabras de Frank Gehry. Es como si el deseo que nos empuja fuera del mundo a su Creador quedara sofocado, limitado, acorralado, de modo que terminemos por adorar “al universo, la lluvia, las estrellas”. Creo que los que creen en la Biblia tiene buena parte de la culpa del resurgimiento del paganismo, por haber presentado al Dios Creador de una manera tan poco convincente a la cultura. La Iglesia debería confiar la trascendencia de Dios a Frank Gehry como se la confió una vez a Giotto, Michelangelo, Caravaggio, Dante, Gaudí y al arquitecto de la catedral de Chartres.

Una vez que el gran arquitecto se dé cuenta de que el deseo más profundo de su corazón es por el Dios vivo, me encantaría ver la iglesia que construiría.