Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús reza diciendo: “digo esto estando en el mundo, para que Mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto”.

La tristeza del alma deriva de la pesadumbre de la autoestima, una tristeza y un peso que no hace posible una unión real con el otro. El gozo, la alegría, en cambio, debe ser la principal “emoción” compartida por los trinitarios, ya que sus vidas no son más que amor incondicional. El gozo, concomitante de ese éxtasis, es signo para cualquiera que esté inmerso en el círculo de la gracia y es un regalo de Jesucristo para su Iglesia.

Hay un magnífico comentario de Chesterton que es pertinente reproducir aquí: “Una característica de los grandes santos es su poder de levitar. Los ángeles pueden volar porque son capaces de tomarse a sí mismos a la ligera”. Y nada conquista mejor nuestra apagada tristeza y pesada autoestima —nada nos hace volar con tanta ligereza— como la sorpresa y realidad de la Resurrección.