Una Aventura Evangelizadora por Europa

August 12, 2025

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Acabo de regresar de un viaje por Europa bastante fuera de lo común que incluyó tres países, seis viajes aéreos y siete hoteles diferentes. Ahora bien, no fue exactamente una vacación, sino más bien un ejercicio multifacético en la evangelización de la cultura. La primera parte de mi viaje me llevó a Francia, un país donde viví durante tres años mientras realizaba mis estudios de doctorado. Mi propósito fue filmar un documental sobre las catedrales góticas, para responder a una pregunta básica: ¿Por qué el incendio de Notre-Dame de hace seis años atrajo tanto la atención del mundo y movilizó a tantos para restaurar el edificio dañado? Mi instinto fue (y es) que muchas personas, especialmente en el Occidente secularizado, se dieron cuenta, aunque sea rudimentariamente, de que si Notre-Dame fuera destruida, algo de valor espiritual incalculable se perdería para siempre.

Y así, nuestro equipo de filmación visitó Amiens (la más voluminosa de las catedrales francesas), Reims (donde se coronaban los reyes), Saint-Denis (la primera iglesia verdaderamente gótica y cementerio de los monarcas franceses), Notre-Dame (la joya de París), y finalmente, Chartres (la más grande y espléndida de las catedrales). Lo que me impactó una y otra vez mientras recorría estos edificios fue cuán diferentes son de las iglesias construidas durante los años en que crecí. En los años 60 y 70, la estética que regía la arquitectura eclesiástica era básicamente el modernismo de la Bauhaus: paredes de ladrillo, sin decoración, escasez de símbolos visuales, un hiper-énfasis en el valor de la congregación por sobre el edificio de la iglesia. Para ilustrar ese último punto, podría señalar un sentimiento expresado en un documento litúrgico muy influyente de los años setenta en el sentido de que el edificio en sí es solo la “piel para una acción litúrgica”. Bueno, creo que es justo decir que los arquitectos de las grandes catedrales góticas no habrían estado de acuerdo con nada de eso. Para ellos, la catedral estaba destinada a ser una representación simbólica del cielo y de la tierra transfigurados como lo imaginó el autor del libro del Apocalipsis. Por eso están llenas de ángeles, santos y elementos idealizados de la naturaleza, y por eso sus vitrales quieren parecerse a los muros recubiertos de joyas de la Jerusalén celestial. Es maravilloso que actualmente estén en auge los arquitectos de iglesias con sensibilidad más medieval que modernista.

La siguiente parada en mi itinerario fue Münster, Alemania, donde me sería entregado el Premio Josef Pieper. Pieper, un héroe intelectual mío, fue uno de los filósofos tomistas más importantes del siglo XX. Sus libros sobre las virtudes, sobre la filosofía de Aquino, y quizás lo más importante, sobre la relación entre el ocio y la cultura tuvieron un profundo impacto en muchos pensadores católicos de mi generación. Por lo tanto, me sentí profundamente honrado de recibir este reconocimiento para distinguir el vínculo entre mi trabajo y el de Pieper. Los dos días de la ceremonia fueron realmente enriquecedores e incluyeron presentaciones eruditas sobre el pensamiento de Pieper, así como una discusión en el escenario entre dos académicos católicos alemanes y yo. Después de recibir el premio, presenté un artículo sobre la noción de Pieper del acto filosófico y por qué ese paso intelectual es de suma importancia hoy en día. Un toque encantador: al final de la ceremonia, un pianista clásico se adelantó y tocó un popurrí de canciones de Bob Dylan para mí. Estoy profundamente agradecido a los organizadores del evento y a los directivos de la Fundación Pieper por dos días inolvidables.

Los críticos y enemigos del cristianismo han estado prediciendo nuestra desaparición durante siglos. Pero nosotros seguimos en pie, mientras que a ellos se los llevó el viento.

Justo antes de llegar a Münster, recibí la noticia de que me encontraría con manifestantes descontentos con que yo recibiera el Premio Pieper. Su principal queja parecía ser mi participación, por invitación del presidente Trump, de una comisión dedicada a formular políticas con respecto a la libertad religiosa en nuestro país. Por representar una perspectiva católica en la mesa donde se discutía un asunto de gran importancia, se me acusó de fomentar el imperialismo estadounidense y de descuidar los derechos humanos de los inmigrantes. Es decir, era una total tontería. El nivel intelectual de los manifestantes se hizo evidente en los eslóganes burdos que pintaron en las paredes del salón donde debía hablar y en la fachada de la iglesia. El hecho de que sintieran que la mejor manera de expresar su insatisfacción fuera a través de un acto de profanación muestra lo corruptos que son. Pero debo decir que las objeciones expresadas por ciertos miembros del cuerpo docente de teología de la Universidad de Münster no fueron mucho mejores. Ellos también me acusaron de Trumpismo y, por supuesto, de no ser lo suficientemente “inclusivo”, aunque sus cartas no evidenciaron ningún tipo de conocimiento sobre mi trabajo. Y he publicado treinta libros, más de cien artículos y miles de videos. Cuando era joven, los estudiantes estadounidenses de teología buscaban inspiración entusiastamente en los académicos alemanes. Si estos profesores de Münster son alguna indicación del estado de la docencia alemana, les diría a los estudiantes estadounidenses de hoy que busquen en cualquier otro lugar.

Desde Münster, me dirigí a Roma para el Jubileo de los jóvenes. En mi primer día en Roma, concelebré una Misa para “influencers católicos”, al final de la cual el papa León hizo una aparición sorpresa, lo que deleitó a todos los asistentes. Justo después de la Misa, tuve la oportunidad de conocerlo y estrecharle la mano. Debo admitir que fue surrealista darme cuenta de que el sucesor de Pedro es un hombre de Chicago que creció a unos veinte minutos de donde yo lo hice. Esa noche, bajo un hermoso cielo romano, el arzobispo Fisichella celebró la Misa para más de cien mil peregrinos, y pude concelebrar esa Misa. Después, una vez más, el papa hizo una aparición sorpresa, recorriendo la multitud en el papamóvil, acompañado por los gritos de la muchedumbre de jóvenes.

La mañana siguiente tuve el privilegio de dirigirme a unos quinientos jóvenes de mi tierra ancestral de Irlanda. Aunque su país está marcado por un secularismo y anticlericalismo bastante extremos, estos jóvenes hijos e hijas de Irlanda no mostraron cobardía de espíritu. Los alenté a regresar a Irlanda bajo la inspiración de San Patricio, quien logró, hace muchos siglos, convertir un país enteramente pagano a la fe. Finalmente, esa noche, hablé con alrededor de cuatro mil jóvenes estadounidenses que se habían reunido en la enorme basílica de San Pablo Extramuros. Hablando a solo unos veinte metros de la tumba del propio San Pablo, guie a la multitud en un pequeño ejercicio imaginativo. Los invité a pensar en la gloria y el poder de la antigua Roma, la civilización que una vez dominó el mundo y cuyos gobernantes ejecutaron tanto a Pedro como a Pablo. Luego les pregunté: “Pero, ¿dónde está el sucesor de Nerón? ¿Dónde está el poderoso Imperio Romano?”. Las respuestas llegaron fácilmente: “en ninguna parte y convertido en polvo”. “Pero ¿dónde?”, continué, “está el sucesor de Pedro?”. La respuesta: “¡Todos lo vimos anoche en la plaza de San Pedro!”. Le dije a ese ejército de jóvenes católicos que los críticos y enemigos del cristianismo han estado prediciendo nuestra desaparición durante siglos. Pero nosotros seguimos en pie, mientras que a ellos se los llevó el viento.

Catedrales góticas imponentes, un diálogo intelectual brillante sobre la fe, un ejército de jóvenes soldados de Cristo: son todos signos de que el Jesús crucificado y resucitado todavía habita maravillosamente nuestra cultura.