Amigos, una vez más en el Evangelio Jesús promete enviarnos el Espíritu Santo. El Espíritu es el combustible de la Iglesia, la energía y fuerza vital del Cuerpo de Cristo. Y no podemos alcanzarlo con ningún esfuerzo heroico. Solo podemos conseguirlo pidiendo por Él. Por eso, durante los últimos dos mil años la Iglesia ha pedido por este poder que viene de lo alto.

Jesús nos dijo que el Padre nunca rechazaría a quien pidiera el Espíritu Santo. ¡Así que pidamos! ¡Y volvamos a pedir! Y nos damos cuenta de que en cada liturgia pedimos por el Espíritu Santo. El Padre Hesburgh de Notre Dame alguna vez comentó que la única oración que siempre es apropiada, ya sea con éxito o fracaso, tengamos confianza o miedo, seamos jóvenes o viejos, es “¡Ven, Espíritu Santo!”.

Y tiene razón, porque esta es la oración fundamental de la Iglesia. Eso sí, hay que rezar como lo hicieron los primeros Apóstoles, en presencia de María y con su apoyo. En el Ave María decimos: “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. ¿Por qué le pedimos que ore sino por el Espíritu Santo?