Amigos, nuestro Evangelio de hoy nos presenta la Palabra de Dios mismo diciendo lo que está en el corazón de la Ley. Un escriba planteó, a modo de juego, la siguiente pregunta: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Porque había cientos de leyes en el sistema judío. Así que era un ejercicio favorito de los rabinos buscar la regla única que de alguna manera aclarara toda la Ley. 

Entonces Jesús nos brinda la famosa respuesta: “El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos”. 

¿Qué significa eso? Que, en definitiva, la ley es acerca del amor, el amor a Dios y al prójimo que están indisolublemente ligados uno al otro. Si amamos a Dios, pero odiamos a nuestro prójimo, estamos perdiendo el tiempo.

¿Por qué los dos amores están tan estrechamente conectados? Por Jesús. Jesús no es solo un ser humano, y no es solo Dios. Él es el Dios-hombre, aquel en quien la divinidad y la humanidad se unen. Por lo tanto, es imposible amarlo como Dios sin amar a la humanidad que ha creado y abrazado.