Miércoles, 29 de mayo de 2024  

Amigos, en el Evangelio de hoy Santiago y Juan le piden a Jesús que los coloque en lugares altos de Su Reino. Están reclamando dos de los sustitutos clásicos de Dios: poder y honor. El poder no es, en sí mismo, algo malo, y lo mismo puede decirse del honor. Tomás de Aquino dijo que el honor es una bandera de la virtud. Es una forma de señalar a los demás algo que vale la pena notar. 

¿Entonces, cuál es el problema? El problema es pedir estas dos cosas con el espíritu equivocado. El ego querrá usar el poder, no para los propósitos de Dios o al servicio de la verdad, la belleza y la bondad, sino para su propio engrandecimiento. Cuando se busca el honor por sí mismo o para agrandar el ego, también se vuelve peligroso. 

Entonces, ¿cuál es la salida? “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos”. Cuando sirves a otros, estás accediendo al poder de Dios y buscando el honor de Dios.