Amigos, hoy leemos en el Evangelio acerca de la viuda pobre que da todo al Señor. Su simple generosidad, la ofrenda de toda su vida, es una respuesta al amor incondicional de Dios. El amor de Dios es lo primero. Cuando no entendemos esto, todo lo demás en la vida espiritual se desequilibra. Escuchemos cómo San Juan expresa este amor de predilección: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como expiación de nuestros pecados”. 

Si jugamos al juego de amar a Dios para hacer que Dios nos ame, entonces estamos perdidos. Si pensamos que podemos ganar la salvación o podemos abrirnos paso en el corazón de Dios, entonces estamos perdidos. Una manera de pensarlo es así: no existiríamos si no fuera por el amor de Dios. Dios no necesita nada; por lo tanto, todo lo que existe fuera de Dios existe porque Dios desea algo bueno. El amor precede, por lo tanto, a nuestra inteligencia, nuestro coraje, nuestra voluntad, nuestros proyectos y propósitos, y de hecho, precede a nuestra misma existencia.