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Image of the conversion of Mary Magdalene

¿Desde Cuándo “Conversión” se Transformó en una Mala Palabra?

August 28, 2023

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Regresé recientemente de la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa, donde realicé cinco presentaciones, todas ellas, tal como prometí, con un propósito evangélico. Hice esa promesa como respuesta al Cardenal electo Américo Aguiar, el organizador de la reunión internacional de jóvenes que había asegurado, una semana antes del encuentro, de que “no tenía interés en convertir a nadie a Cristo o a la Iglesia Católica”. Aunque mis charlas fueron recibidas con entusiasmo por multitudes de entre doce y trece mil, fui reprendido a mi regreso por el biógrafo del papa Austen Ivereigh en las páginas del Commonweal. Aparentemente, no entendí las sutilezas de la mente del Obispo Aguiar y no pude captar la distinción clave entre evangelización y proselitismo. De acuerdo con la interpretación de Ivereigh, el primero es, evidentemente, “facilitar un encuentro con el Cristo vivo” mientras que el segundo es “convertir a otros a la Iglesia Católica”. De hecho, Ivereigh llega más lejos al expresar que todo esfuerzo de conversión a la Iglesia “contradice” la evangelización auténtica. 

Bueno, uno apenas sabe dónde comenzar para responder a la confusión que se expone aquí. Lo más obvio es la dolorosa grieta que traza Ivereigh entre Jesús y su cuerpo místico. La Iglesia no es una colectividad de personas que piensan parecido y son devotas al “Cristo vivo”, quienes se han encontrado presumiblemente fuera de los agobiantes confines de la institución eclesial. Antes bien, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, el medio visible mediante el que él se hace conocer, el vehículo que emplea para manifestar su vida al mundo. Esta comprensión de la Iglesia está implícita en la famosa parábola del juicio final —“cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”— tanto como en los diversos relatos de la conversión de Pablo, “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Por lo tanto, si alguien desea encontrarse con el Cristo vivo, en el sentido completo del término, debe buscar la comunión con el cuerpo místico de Cristo, el organismo viviente de la Iglesia. El difunto Cardenal George de Chicago, señalaba a menudo, “de la misma manera que no pueden conocerme separado de mi cuerpo, no pueden conocer a Cristo separado de la Iglesia que es su cuerpo”. Un Jesús que existe separado de su Iglesia, me parece, no es un “Cristo vivo” sino una fantasía gnóstica.  

Además de una conversión verdadera a la Iglesia . . . la gente tendrá, como mucho, un sentir incompleto de quién es Jesús.    

Una segunda confusión es terminológica. Lo que Ivereigh llama “evangelización” es, de hecho, “pre-evangelización”. Uno puede, efectivamente, preparar el terreno para Cristo de cientos de formas diferentes: mediante invitaciones, conversaciones, debates, discusiones, fomentando amistades, etc. Uno podría decir con legitimidad, a esta altura del proceso, que uno no está presionando el asunto de la conversión, pero uno va casi pavimentando con decisión el camino para ello. A menos que conduzca hacia una evangelización verdadera, la pre-evangelización es algo absurdo. Y la identificación que hace Ivereigh de “proselitismo” y de “convertir a otros a la Iglesia Católica” es sencillamente ridícula. Si él llevara la razón en eso, entonces el Papa Francisco, que se ha expresado consistentemente durante diez años contra la palabra que empieza con “p”, ¡sería un tenaz oponente de convertir a la gente a la Iglesia Católica! Podría proponer una corrección, que podría decirse, proviene de buena fuente. Cuando todavía era un obispo en California, participé con mis hermanos obispos de una conversación con el Papa que duró tres horas y se desarrolló sobre diversos temas, en ocasión de nuestra visita ad limina. Durante aquella sesión, uno de los obispos le pidió a Francisco que clarificara la distinción entre evangelización (que el Papa apoya obviamente) y proselitismo (que obviamente no). El Papa Francisco afirmó claramente que por “proselitismo” se refiere a un intento de evangelizar que es agresivo, intimidatorio, altivo e irrespetuoso. Puedo asegurarles que sin dudas no implicó que equivaliera a traer personas a la Iglesia.      

Durante las conversaciones confusas y a veces acaloradas sobre el significado de la “sinodalidad”, me ha servido recurrir a la historia de los dos discípulos en el camino de Emaús, y creo que consultar ese texto clásico podría resultar de ayuda en este contexto también. Jesús camina junto a estos antiguos discípulos suyos y los escucha atentamente, aun cuando se desplazan en la dirección equivocada. Todo lo que enseña el Papa Francisco acerca de escuchar y acompañar concuerda de manera hermosa con el inicio de esta narrativa. Fue una introducción necesaria, pero se desprende de esto, si pudiera expresarlo de este modo, que la conversación pre-evangélica es una comprensión del Señor relativamente superficial e inconexa: comprenden muchos de los hechos correctamente, pero no captan el patrón. Efectivamente fue un encuentro con Cristo, pero ningún lector atento de la historia concluiría que representó algo cercano a una adecuada comprensión de Jesús.

Luego de escuchar por un tiempo, Jesús les habla y lo hace de un modo categórico: “Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas“. Luego los sumerge en las Escrituras, explicándoles cómo toda palabra revelada apunta a él, aludiéndolo como tipo y prefiguración. Aunque sus corazones ardían, los dos discípulos todavía no ven al Señor completamente. Solo lo reconocen cuando parte el pan, momento en el cual se desvanece de su vista. Entonces, ambos discípulos, que inicialmente caminaban en el sentido equivocado, regresan a Jerusalén y, con entusiasmo, se unen a los once apóstoles. Tal como han observado los comentaristas desde el mundo antiguo hasta el presente, esta historia es una especie de ícono de la Misa, incluyendo una especie de liturgia de la Palabra y una liturgia de la Eucaristía, que concluye con un envío en misión. El punto es que a Jesús se lo encuentra plenamente sólo en y a través de la liturgia Eucarística, la oración por excelencia de la Iglesia. Además de una conversión verdadera a la Iglesia, donde se develan la palabra y el pan, la gente tendrá, como mucho, un sentir incompleto de quién es Jesús.    

Ivereigh finaliza su crítica hacia mí sosteniendo que soy alguien que, a partir del miedo, “se aferra a la identidad y a la diferencia”. Bueno, puedo asegurarle que el miedo no tiene nada que ver con ello, pero más allá de eso, soy culpable de todo cargo. Me aferro orgullosamente a la identidad de la Iglesia de Jesucristo y la declaro a todo el mundo como algo ciertamente diferente, una forma de vida excepcionalmente liberadora.