Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús afirma que toda la ley depende de dos mandamientos: amar a Dios con todo lo que se tiene y amar al prójimo como a uno mismo.
Este primer mandamiento hace eco de la oración conocida como el shemá del Antiguo Testamento que se encuentra en el Deuteronomio: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor solo. Por eso amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu ser y con todas tus fuerzas”.Lo interesante aquí es que Jesús no siente la más mínima exigencia de atenuar la exclusividad del shemá cuando añade el segundo mandamiento. El que debe amar al prójimo es precisamente el que está llamado a amar al Señor con todo su corazón, alma y mente. Nada impide que quien ama a Dios total y completamente ame, simultáneamente, los bienes a los que Dios continuamente da lugar. Puesto que Dios es totalmente responsable de la existencia de todo lo que crea, y puesto que el mundo no añade nada a la perfección divina, al amar a Dios, uno está amando implícitamente todo lo que Dios mantiene en existencia. Por eso los maestros espirituales pueden hablar de amar a Dios en primer lugar y luego amar todo lo demás por amor a Dios.
