Amigos, en el Evangelio de hoy el ángel Gabriel se le aparece a María y le anuncia que concebirá al Mesías. María, comprensiblemente sorprendida, pregunta: “¿Cómo será esto, si no tengo relaciones con ningún hombre?”, a lo que el ángel responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”.
La virginidad de la madre de Cristo es apropiada por varias razones. En primer lugar, indica, de la forma más clara posible, que Dios está involucrado en la venida de Jesús. Aunque se requiere la cooperación humana, tanto a nivel físico como moral, la Encarnación no habría sucedido sin una generosa iniciativa divina.
Además, señala que la Encarnación implica no simplemente una revolución en el orden moral y espiritual, sino una creación completamente nueva. Así como Adán, según el relato bíblico, se hace por la causalidad directa de Dios, así también el Nuevo Adán se hace de novo, y no de la manera habitual.
Finalmente, la virginidad de María es un signo de la pureza y completitud de su devoción a Dios, que la convierte en un instrumento idóneo para el Mesías divino. Se convierte en madre en el orden físico, aunque se entrega totalmente a Dios; es, como diría la piedad cristiana clásica, esposa del Espíritu Santo. Todo esto, se podría decir, se resume en el saludo que el ángel dirige a María en la Anunciación, el más sublime ofrecido a cualquier ser humano en la tradición bíblica: kecharitomene, “llena eres de gracia”.
