Amigos, en el Evangelio de hoy un grupo de aquella multitud de cinco mil personas a las que Jesús había alimentado lo desafía. Como suele pasar en el Evangelio de Juan, hay una pregunta escéptica que nos lleva a una comprensión más profunda. Volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto”.

Estaban recurriendo al milagro por el cual Yahvé alimentó a los hijos de Israel durante sus cuarenta años en el desierto. Pero Jesús quiere que entiendan que él está ofreciendo una comida que los nutrirá de una manera más duradera: “Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera”.

El “pan celestial” capta gran parte de la paradoja sobre la enseñanza ortodoxa acerca de la Eucaristía: aunque sigue siendo, hasta donde alcanza la vista, pan común, la Eucaristía, de hecho, participa propiamente en un modo trascendente de existencia y posee, en consecuencia, poder para producir vida eterna.