Amigos, en el Evangelio de hoy encontramos a María Magdalena llorando junto a la tumba del Señor resucitado. Luego lo ve a Jesús y no lo reconoce de inmediato. 

Uno de los detalles maravillosos es que ella piensa que Él es el jardinero. En el libro del Génesis, Dios es el jardinero del Edén que camina con las criaturas en una amistad natural. El pecado, la ruptura del lazo de la gracia, pone fin a esta relación íntima. 

A lo largo de la historia de la salvación, Dios trata de restablecer esa amistad. A través de la muerte de Jesús, por medio de esa tumba en un jardín, logra Su objetivo. Entonces ahora, esta vez en Cristo, aparece nuevamente como jardinero. “Jesús le dijo: ‘¡María!’. Ella lo reconoció y le dijo en Hebreo:‘Rabbouni’”. 

Entonces Jesús le dice: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos . . .” El no aferrarse tiene que ver con el llamado a proclamar. La idea no es retener a Jesús, sino anunciar lo que ha logrado. El contenido de la proclamación es que, una vez más, nos hemos convertido en amigos íntimos de Dios: “Mi Padre y tu Padre. . . mi Dios y tu Dios”.