Amigos, el Evangelio de hoy compara el reino de los cielos con un rey que dio un banquete de bodas para su hijo. Observen que el padre (Dios Padre) está brindando un banquete para su hijo (Dios Hijo), cuya novia es la Iglesia. Jesús es el matrimonio de la divinidad con la humanidad, y nosotros, sus seguidores, estamos invitados a unirnos a la alegría de esta unión.
La feliz intimidad del Padre y el Hijo se ofrece ahora a nosotros para ser compartida. Escuchemos a Isaías para conocer los detalles de este banquete: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados”.
Ahora bien, hay algo delicado en todo esto. Porque es el rey quien está realizando la invitación y es el banquete nupcial de su hijo. Vemos entonces que es extremadamente importante responder a la invitación del Rey de reyes.
Hemos escuchado la invitación de Dios para entrar en intimidad con él, para hacer que él sea el centro de nuestras vidas, para casarnos con él en Cristo, y a menudo encontramos excusas de lo más patéticas para no responder.
