Amigos, en nuestro Evangelio de hoy, Jesús describe el sacrificio de convertirse en su discípulo: “Quien quiera seguirme, debe negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme”. Tenemos una visión muy antiséptica de la cruz, porque la hemos visto durante tanto tiempo como un símbolo religioso. 

Pero durante los primeros nueve siglos, aproximadamente, de la dispensación cristiana, los artistas no representaron la cruz, pues era demasiado brutal. Digas lo que digas sobre la violencia en La Pasión de Cristo de Mel Gibson, probablemente se acercó como ninguna otra obra de arte a mostrar la realidad de una crucifixión romana.

Pero aquí está la idea: en esa cruz debemos ver no solo una muestra de violencia, sino nuestra propia fealdad. ¿Qué fue lo que llevó a Jesús a la cruz? Necedad, enojo, desconfianza, injusticia institucional, traición de amigos, negación, crueldad indescriptible, buscar un chivo expiatorio y miedo. En otras palabras, toda nuestra disfuncionalidad se revela en esa cruz. Bajo la luz de la cruz, nadie puede repetir las palabras de la filosofía popular actual: “Yo estoy bien, y tú estás bien”. Por eso hablamos de la cruz como juicio de Dios sobre el mundo.