Amigos, en nuestro Evangelio de hoy, encontramos un niño atormentado por un demonio que los discípulos no pueden curar. Le preguntan entonces a Jesús porque han fallado, y él les responde: “Porque ustedes tienen poca fe. Les aseguro que, si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: ‘Trasládate de aquí a allá’, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes”.

Bajo cualquier circunstancia, tenemos que rezar con fe. ¿Han notado que Jesús, una y otra vez, antes de obrar un milagro, dice: “¿Tú crees que yo puedo hacer esto?”. Mateo nos dice, en otra parte del Evangelio, que Jesús no pudo obrar muchos milagros porque encontró poca fe entre la gente.

Muchas personas hoy, especialmente en el ministerio de la sanación, parecen capaces de reproducir lo que Jesús realizaba, precisamente por la pureza de su fe. ¿Es parte de nuestro problema hoy que simplemente carecemos de fe? Quizás. Permitimos que nuestro escepticismo se lleve lo mejor de nosotros. Nos da un poco de vergüenza pedirle cosas a Dios, o estamos convencidos que él es una fuerza distante conectada vagamente con nuestras vidas. Pero Dios es mucho más grande que eso.