Amigos, el Evangelio de hoy relata la historia de la Transfiguración. En ella, Jesús glorificado representa el cumplimiento de lo revelado en el Antiguo Testamento, simbolizado por Moisés, quien representa la Ley, y Elías, quien representa a los profetas.
Veamos las dos divisiones principales. Dios entrega la Torá, la Ley, a su pueblo, para que pueda convertirse en un pueblo sacerdotal, una nación santa, un pueblo elegido, con la esperanza de que luego funcionara como una especie de imán para el resto del mundo. Pero la Ley no prosperó. Desde el principio, la gente se apartó de sus mandatos y se volvieron iguales a las naciones que los rodeaban.
Y luego los profetas. Una y otra vez escuchamos el llamado a ser fieles a la Torá, a seguir los caminos del Señor. Los profetas se volvieron contra Israel misma repetidamente, recordándole su pecaminosidad. Y luego viene Jesús, Dios y hombre. Jesús hizo lo que ningún héroe del judaísmo había hecho jamás: cumplió la Ley, fue absolutamente obediente a las exigencias del Padre, hasta el punto de dar su vida. Así, llevó la Torá y a los profetas a su plenitud.
