Amigos, en el Evangelio de hoy, Jesús hace esa pregunta devastadora a los discípulos: “Pero ustedes, ¿quién dicen que soy?”. Los discípulos no responden. ¿Estarían atemorizados? Quizás. Finalmente Simón Pedro responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Tú eres el Mashiach, el “Ungido”, el Salvador tan esperado, pero aún mucho más, tú eres el Hijo de Dios, no simplemente un héroe humano. Esta es la fe mística presente en el corazón del Cristianismo. Tener la fe de Pedro es ser cristiano; negarla es negar el cristianismo.

Y entonces llegan esas palabras asombrosas de Jesús: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. Este conocimiento no provino de la propia especulación inteligente de Simón Pedro. Vino de lo alto, a través de la gracia de Dios. Y por esto Pedro es una roca.

La Iglesia no está edificada sobre cimientos terrenales de ningún tipo, sino sobre un cimiento místico; nacida de la fe de Pedro en el Dios que se revela. La Iglesia no es democrática ni aristocrática —es carismática. Y de ahí viene su poder.