Amigos, en el Evangelio de hoy, el Señor dice a sus oponentes que habían pedido una señal que no se les dará ninguna, excepto la señal de Jonás —es decir, la Resurrección—. Según los primeros Padres de la Iglesia, la venida de Cristo precipitó una guerra con los poderes que mantienen al mundo bajo su control.
Al traer el ordo de Dios al mundo, Jesús tuvo que pasar a la escena del desorden, pero este paso no encontró pasividad ni conformidad. Más bien, los principados del mundo —Herodes, Pilato, los escribas y fariseos, los demonios— libraron una feroz lucha contra él, y fue solo a través del drama de la cruz y la resurrección que Jesús logró derrotarlos.
Él tomó toda su violencia y, a través del perdón valiente, les robó su autoridad, pues la violencia se alimenta de sí misma, sobreviviendo sólo a través de su reproducción. Cuando se enfrenta con compasión y perdón, se disipa, su fuente de poder desaparece. En el lenguaje de los Padres, Jesús ató de ese modo al diablo, frustrándolo hasta someterlo, llevando nuestra cautividad al odio como cautivo. Entonces, como dice el texto del himno: “La lucha ha terminado, la batalla está ganada . . .”
