Amigos, el Evangelio de hoy nos dice que cuando el Espíritu venga, nos guiará hacia toda la verdad. Hay una historia que he escuchado acerca de Jean-Luc Marion que, si no es verdad, debería ser. En medio de una animada conferencia sobre Descartes, un estudiante formuló una pregunta puntual sobre Dios. Marion la miró y dijo: “Ve a la Misa dominical por un año y luego vuelve y hazme esa pregunta otra vez”.
La respuesta de Marion no fue solamente ingeniosa. Si el verdadero conocimiento de Dios depende de una inmersión en el Espíritu Santo, entonces ese conocimiento es toda una forma de vida que incluye la oración, el sacrificio, las obras de misericordia corporales y espirituales, y el perdón a los enemigos. No tenemos que pensar tanto sobre nuestro camino hacia un entendimiento de Dios sino más aún vivir ese camino.
Tomás de Aquino siempre mencionaba que debía su teología mucho más a la persistencia en la oración que a la agudeza de su mente. Su penetración en los misterios divinos fluía de su vida en el Espíritu Santo. Y así es que hoy rezamos: “¡Ven, Espíritu Santo, ven!”.
