Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús llama a sus discípulos, y a nosotros, “niños” cuando dice: “…porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños”. ¿Cómo es esto? Es que los niños no saben cómo disimular, cómo ser de una manera y actuar de otra. “Los niños dicen las cosas más crudas” porque no saben cómo ocultar la verdad de sus reacciones.

En esto, son como estrellas o flores o animales, que son lo que son, inequívocamente. El desafío en la vida espiritual es darse cuenta de lo que Dios quiere que seamos y, por lo tanto, llegar a la simplicidad y franqueza misma de nuestra existencia. Y entonces descubrir qué es lo que está en línea con lo más profundo de nuestro ser.

Permítanme decirlo de otra manera: los niños aún no han aprendido a mirarse a sí mismos. ¿Por qué un niño puede sumergirse tan ansioso y completamente en lo que está haciendo? Porque él puede perderse a sí mismo; porque no se está mirando a sí mismo, consciente de las reacciones, expectativas y la aprobación de quienes lo rodean. Los mejores momentos de la vida ocurren cuando perdemos el ego, nos perdemos en el mundo, y simplemente somos como Dios quiere que seamos.