Amigos, hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey. Y aunque la noción misma de realeza nos es bastante ajena, la metáfora debe permanecer. Porque la idea es que Cristo debe convertirse en el Señor de nuestras vidas, aquel a quien se debe una sumisión absoluta.
Las cosas se vuelven un poco más fáciles de llevar cuando vemos exactamente qué tipo de rey es Jesucristo. En pocas palabras: no estamos tratando con otro Napoleón o César Augusto; todo lo contrario. Estamos tratando con quien reina justamente sobre esos potentados terrenales y se parece muy poco a ellos.
Nuestro primer indicio sobre Su identidad proviene del Evangelio de hoy, el relato de la conversación de Jesús con el gobernador romano Poncio Pilato, quien pregunta: “¿Eres el Rey de los judíos?” Y Jesús responde que Su reino “no es de este mundo”.
Entonces, ¿cuál es precisamente Su realeza? La realeza mundana tiene que ver principalmente con el poder y el engrandecimiento. Pero la realeza que Jesús representa está ordenada a la verdad. Su propósito es guiar a las personas a la verdad, que es otra forma de decir a Dios.
