Amigos, cuando leemos el pasaje del Evangelio de hoy no debería sorprendernos que Jesús, llegando al punto culminante de Su vida, entre al Templo y termine todo en un alboroto. Él no estaba comportándose como un agitador. Él estaba corrigiendo el uso del Templo para así corregir al pueblo de Israel.

Cuando fue presionado para que diera una señal, dijo que derribaría el Templo y lo reconstruiría en tres días. Estaba hablando, como nos dice Juan, del templo de Su Cuerpo. Estaba diciendo que el antiguo Templo, que había cumplido su propósito relativamente bien, ahora daría paso a un Templo nuevo y definitivo. Su propio Cuerpo, Su propia Persona, es el lugar donde la divinidad y la humanidad se encuentran, y ese es el lugar de correcta alabanza.