Amigos, el Evangelio de hoy celebra al apóstol Santo Tomás. ¿Por qué es que nos gusta tanto la historia de Tomás el incrédulo? Quizás porque es un santo especialmente adecuado a nuestro tiempo. Los tiempos modernos han estado marcados, desde el inicio, por dos grandes atributos: escepticismo y empirismo, características que discernimos en Tomás: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. 

Pienso que una buena cantidad de escepticismo y empirismo es necesario en muchas situaciones y contextos. No deberíamos ser crédulos, ingenuos o inocentes. Algunas veces es bueno hacer borrón y cuenta nueva, limpiar las viejas telarañas y las patrañas intelectuales, especialmente en el área de la religión. El Catolicismo tiene, de hecho, una muy rica tradición intelectual de cuestionar, preguntar, y buscar el entendimiento. 

Ahora bien, cuando Jesús resucitado reaparece, esta vez en presencia de Tomás, invita al incrédulo a observar, a mirar, a tocar. Y luego esa frase devastadora: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”.