Amigos, el Evangelio de hoy nos brinda la parábola de los dos hijos, una historia sobre la obediencia a Dios. Vivir la buena vida no es finalmente una cuestión de autonomía, sino de obedecer los mandamientos.

La obediencia que Jesús desea es una entrega a Aquel que quiere lo mejor para el que se entrega. Todo el Ser del Hijo es escuchar al mandato del Padre, y, en consecuencia, el ser de la criatura es escuchar el mandato del Hijo.

Por eso, en el Evangelio de Juan, Jesús nos dice: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que Yo les mando. Ya no los llamo servidores. . . . Yo los llamo amigos”. En el Jardín del Edén se perdió esa amistad con Dios que era simbolizada por la fácil comunión que disfrutaban Adán y Yahvé.

Toda la revelación bíblica que culmina con Jesús podría interpretarse como la historia de un intento por Dios de restaurar la amistad con la raza humana. En el discurso de la Última Cena escuchamos las condiciones para esa restauración: la coinherencia con Dios, que equivale a insertarse en esa coinherencia que es Dios.