Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús es rechazado por la gente de su propio pueblo. Como él mismo dice, “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. Sin embargo, sorprendía a las multitudes en toda Galilea porque enseñaba con autoridad.
Hasta donde sabemos, Jesús no fue entrenado formalmente en una escuela rabínica, ni fue educado para ser sacerdote del templo o un escriba, ni fue devoto de los fariseos, los saduceos o los esenios. Él era, para usar un término algo anacrónico, un laico. Y esto hizo que su llegada a la escena pública fuera aún más asombrosa.
Pero este carpintero nazareno sin educación religiosa o afiliación formal comenzó a hablar y actuar con una autoridad sin precedentes. A aquellas multitudes que lo escuchaban predicar, él alegremente decía: “Han oído decir esto, pero yo les digo . . .”. Se refería, por supuesto, a la Torá, la enseñanza de Moisés, el lugar de apelación final para cualquier rabino fiel; y, por lo tanto, reclamaba para sí mismo una autoridad mayor que la del maestro y legislador más importante de Israel.
