Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús identifica como madre y hermanos a quienes hacen la voluntad de Dios.
La actitud adecuada en presencia del Dios salvador es obediencia y consentimiento, imitando sus acciones, respondiendo a sus mandamientos, haciendo lo que él nos diga. Vivir la buena vida no es finalmente una cuestión de autonomía sino de obedecer mandamientos: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”.
Ahora bien, escuchar los mandamientos está estrechamente relacionado con el amor de aquél que los imparte, y dado que el amor no es otra cosa que querer el bien del otro, la obediencia sobre la que Jesús habla es una sumisión a aquél que quiere enormemente todo lo mejor para el sometido.
Cuando, a través de la fe, vemos cada momento y criatura como un ingrediente del plan divino, vivimos en sumisión gozosa y con una sensación de asombro. ¿Qué está haciendo ahora Dios por mí? ¿Qué camino me está abriendo? ¿Por qué justo ahora Dios me envía esa persona, esa prueba, ese placer?
