Amigos, en el Evangelio de hoy los escribas acusan a Jesús de expulsar demonios por el poder de Belzebul, por Satanás.
La Biblia tiene dos nombres para el diablo; estos son “el acusador” y “el dispersador”. Ambos nombres están visibles y operativos en esta historia. Y ello nos ayuda inmensamente a comprender a Jesús y su obra.
En el Evangelio de Marcos vemos que Jesús es conocido como exorcista, alguien que expulsa a los demonios. Jesús dice que su trabajo es expulsar a Satanás, es decir, el acusador. Una forma falsa de organizarnos —que ha estado presente desde el principio— es a través de la acusación, la búsqueda de chivos expiatorios, establecer la división entre nosotros y ellos, los de adentro y los de afuera.
El reino de Dios está basado en otros fundamentos —como son el amor, la no violencia, el perdonar a los enemigos y superar las divisiones—. Cuando esta visión de la vida entra en conflicto con los poderes del mundo, y esto es más o menos inevitable, Jesús se convierte, él mismo, en la víctima acusada, en el chivo expiatorio.
Pero en lugar de responder en especie, toma sobre sí esa energía negativa y satánica y la devora con la misericordia divina.
