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Amigos, el Evangelio de hoy nos ofrece el rezo del Padre Nuestro. Allí pedimos que la voluntad de Dios se haga “así la tierra como en el Cielo”, pero la cosmología bíblica ve en estos dos reinos campos de fuerzas que se interpenetran. El Cielo, ruedo de Dios y los ángeles, entra en contacto y llama a la tierra habitada por humanos, animales, plantas y planetas.

La Salvación, por lo tanto, es cuestión de reunir al Cielo y la tierra, para que Dios reine profundamente aquí abajo como lo hace en lo alto. La gran oración de Jesús, que está constantemente en boca de todos los cristianos, tiene una inspiración distintivamente judía: “Venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”.

Esta, definitivamente, no es una oración que busca escapar de la tierra, sino que la tierra y el Cielo se unan. El Padre Nuestro eleva a un nivel nuevo, lo que el profeta Isaías había anticipado: “El conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar”.

Los primeros cristianos vieron la resurrección de Jesús como el comienzo de un proceso por el cual la tierra y el Cielo se reconciliaban. Se dieron cuenta que Cristo resucitado era quien traería la justicia del Cielo a este mundo.