Amigos, nuestro Evangelio de hoy es acerca de la curación de un leproso. La lepra asustaba a la gente en la antigüedad, al igual que otras enfermedades contagiosas y misteriosas han asustado a la gente en tiempos modernos. Pero, más que esto, la lepra dejaba a alguien sucio y, por lo tanto, incapaz de participar en actos de adoración religiosa. No es casual entonces que, en el antiguo Israel, las personas encargadas de examinar a los pacientes hayan sido los sacerdotes.
El hombre que se arrodilla ante Jesús y ruega por su curación, no estaba simplemente preocupado por su condición médica; era un Israelita exiliado del templo y, por lo tanto, un símbolo muy apropiado de la condición general de un Israel dispersado, exiliado y errante. Al curarlo, Jesús estaba, simbólicamente, juntando a las tribus y regresándolas a la adoración del verdadero Dios.
