Amigos, hoy leemos el maravilloso y misterioso pasaje del decimocuarto capítulo del Evangelio de Juan. Los discípulos se reúnen alrededor de Jesús en la Última Cena, permanecen en intimidad con Él, hacen preguntas y buscan obtener sabiduría.
Ahora escuchemos las palabras de Jesús: “Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. San Pablo se refiere a Jesús como un ‘icono del Dios invisible’. Lo que tanto Jesús como San Pablo están diciendo es que las palabras de Jesús son las palabras del Padre y sus obras son las obras del Padre.
Felipe, uno de los primeros discípulos elegidos, todavía no lo entiende y dice: “Maestro, muéstranos al Padre”. Lo que no entendió fue la humildad del Logos: “Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras”. Ni las palabras, ni las obras de Jesús son “suyas”. Él las recibe del Padre.
El objetivo de la vida moral es hacernos felices. Entonces, ¿cómo llegamos a ser felices? La respuesta de Santo Tomás, que está en consonancia con la gran tradición cristiana, es mediante el ordenamiento adecuado del deseo, aprendiendo cómo desear las cosas y la manera correcta. Y eso es precisamente lo que Jesús nos manda a hacer.
