Amigos, en el Evangelio de hoy, Jesús nos da un antídoto para el miedo. ¿A quién o de qué tienes miedo? Esa es una pregunta espiritual muy importante. Una forma de entender nuestras vidas es mirar aquellas cosas que buscamos: riqueza, poder, privilegio, honor, placer, amistad. Pero otra forma es dar vuelta esa pregunta y determinar a quién o a qué tememos.

Podríamos temer la pérdida de cosas materiales, la pérdida del trabajo, la pérdida de la salud física, la pérdida de la estima de los demás, la pérdida de la intimidad personal o, en última instancia, la pérdida de la vida misma. Tenemos miedo de muchas cosas, pero apostaría a que existe un miedo primario o principal. ¿Cuál es para ti ese miedo?

Ahora, después de identificar eso, escuche a Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!”. Todas y cada una de las cosas a las que habitualmente tememos (pérdida de dinero, fama, placer y poder) tienen que ver con este mundo. Lo que Jesús está diciendo es que no debemos permitir que esos miedos dominen o definan nuestras vidas, porque Él está con nosotros, y con Él está su paz.