Amigos, en este Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, quisiera hablarles sobre un tema muy importante, que es el tema del orgullo y su antídoto. No conozco a ningún maestro espiritual que no diga que el problema fundamental que tenemos es el orgullo; es el más grave de los pecados capitales. Lo opuesto del orgullo es la humildad —y mientras que la persona orgullosa se encorva sobre sí misma; la persona humilde abandona el agujero negro de su autosuficiencia y se mete en la realidad. En nuestro Evangelio de hoy, Jesús nos cuenta una gran historia que trata justo sobre este punto.
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