Amigos, en el Evangelio de hoy los principales sacerdotes y fariseos se unen en un complot para matar a Jesús porque resucitó a Lázaro de la muerte.

La crucifixión de Jesús es un ejemplo clásico de la teoría del chivo expiatorio del filósofo católico René Girard. Él sostiene que una sociedad, grande o pequeña, que se encuentra en conflicto, se une a través de un acto común y culpa a un individuo o grupo supuestamente responsable del conflicto.

Es totalmente coherente con la teoría Girardiana que Caifás, la principal figura religiosa de la época, dijera a sus colegas: “Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera”.

En cualquier otro contexto religioso este tipo de racionalización sería validada. Pero la Resurrección de Jesús de entre los muertos revela esta sorprendente verdad: Dios no está del lado de quienes crean chivos expiatorios, sino del lado de la víctima en el mecanismo del chivo expiatorio.

El Dios verdadero no aprueba una comunidad creada a través de la violencia; más bien aprueba lo que Jesús llamó el Reino de Dios, una sociedad basada en el perdón, el amor y la identificación con la víctima.