Amigos, en el Evangelio de hoy vemos a Jesús como el juez que muestra misericordia y amor. El sentir del Nuevo Testamento es que el sufrimiento del mundo es producto del romper con el ciclo de la gracia, la insistencia de que la propia vida debería ser propiedad de uno. Cuando domina esta actitud, cuando queremos el conocimiento del bien y del mal por nosotros mismos, cuando queremos lo que nos está llegando, terminamos perdiendo lo poco que pensamos que tenemos.

Jesús nos salvó por el rumbo de su obediencia. Su vida de Salvador fue una respuesta obediente a la voluntad de Dios, un desplazamiento de sus propios asuntos en favor de los de su Padre: “Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo”.