Amigos, el Evangelio de hoy expone el orgullo de los fariseos y concluye con una prescripción de la humildad. Quisiera reflexionar sobre esta virtud.

San Agustín dijo que todos nosotros, hechos de la nada, tendemos hacia la nada. Podemos ver esto en nuestra fragilidad, pecado y mortalidad. San Pablo dijo: “¿Qué tienes, que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?”.

Creer en Dios es conocer estas verdades. Vivirlas es vivir en la actitud de humildad. Tomás de Aquino dijo humilitas veritas, lo que significa que la “humildad es la verdad”. Es vivir la verdad más profunda de las cosas: Dios es Dios y nosotros no.

Ahora, todo esto suena muy claro cuando se dice de esta manera abstracta, ¡pero hombre, es difícil vivirlo! En nuestro mundo caído, olvidamos tan fácilmente que somos criaturas. Comenzamos a suponer que somos dioses, el centro del universo.

El ego se convierte en un enorme mono sobre nuestras espaldas, y tiene que ser alimentado y mimado constantemente. ¡Qué liberación es soltar el ego! ¿Ven por qué la humildad no es una degradación, sino una elevación?