Amigos, el Evangelio de hoy nos afirma en el poder de la oración. Cuando algunas personas piden con un espíritu de confianza, realmente creyendo que sucederá lo que piden, entonces sucede. Tal como Jesús sugiere en el Evangelio, “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá”.

El poder de la oración está en la confianza de estar siendo guiados y atendidos, incluso cuando la dirección y el cuidado no son evidentes en lo inmediato. Es lo que permite que alguien viva desapegado de todos los altibajos de la vida. En el lenguaje de San Ignacio de Loyola: “No deberíamos preferir la salud a la enfermedad, la riqueza a la pobreza, el honor al deshonor, una vida larga sobre a una vida corta. . . . Nuestro único deseo y elección debería ser lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados . . . alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor”.

Alguien que vive con ese tipo de desapego es libre, y al ser libre es poderoso. Está más allá de las amenazas que ocasionan las circunstancias de este mundo. Esto es fuente de dynamis, de poder real. Este es el poder que ejercieron Martin Luther King, Dorothy Day y Juan Pablo II: un poder que cambia el mundo.