Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús dice a sus discípulos que cuando regrese al Padre enviará al Abogado para que esté con ellos.

Se supone que este “Abogado” es ontológicamente uno mismo con el Padre y el Hijo. Jesús dice: “El (el parakletos) me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: ‘Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes’”.

Al recibir el Espíritu, la Iglesia, a lo largo de su historia, asume la identidad del Hijo, una identidad arraigada, a su vez, en el Padre. Cada santo a lo largo de los siglos representa con su vida única esta entidad fundamental del Hijo, reflejo del Padre y hecho posible por la morada del parakletos.

La obra del Espíritu es hacer presente y visible, de una manera infinitamente variada a través del espacio y el tiempo, la co-inherencia que caracteriza al Padre y al Hijo.