Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús anticipa a sus discípulos que deben esperar la violencia de este mundo. “Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios. Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a Mí”.

El “mundo” es esa colectividad de personas, instituciones, ejércitos y naciones que ha perdido la relación de amistad con Dios. Ellos odiarán a los seguidores de Jesús porque no pueden ser atemorizados, y su éxito depende del miedo.

Jesús está a punto de ser tragado por las fuerzas del mundo, pero no está cautivo, tampoco cautivado, por ellas, porque no vive en sí mismo —y por lo tanto en el miedo— sino que vive en el Padre, y tiene el poder que conquista el mundo.

Jesús quiere que sus seguidores experimenten esa misma libertad y la no preocupación que es la participación en la dinámica co-inherente del ser de Dios —la inserción dentro del círculo de la gracia que es Dios— que hace posible este desapego liberador.

[class^="wpforms-"]
[class^="wpforms-"]