Amigos, el Evangelio de hoy promete vida eterna a quienes crean en el Hijo de Dios.

En casi todas las religiones, una vida de fe tiene que ver con la relación de una criatura con el Creador. Casi todas las religiones hablan de la dependencia de la criatura respecto a Dios, de su sujeción a la providencia divina y de su necesidad de gracia y perdón. El cristianismo también articula estas relaciones básicas, pero las empuja más allá porque habla de la Encarnación y los dones que están asociados con ella. 

En el tercer capítulo del Evangelio de Juan escuchamos que “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Este conocido versículo resume la fe cristiana y da expresión a su carácter distintivo, ya que habla de la posibilidad de que una criatura pueda compartir la vida de Dios. 

El propósito del envío del Hijo era reunir la raza humana con la vida divina —el ritmo del amor Trinitario— para que podamos relacionarnos con Dios no solo como criaturas sino como amigos. Vemos entonces que el amor sólo se completa cuando hay otro que puede recibir totalmente lo que el amante quiere dar.