Amigos, en el Evangelio de hoy el Apóstol Tomás dice que no creerá en la Resurrección del Señor a menos que ponga el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado de Jesús. Tomás es un santo especialmente adecuado para nuestro tiempo. La modernidad ha estado marcada por dos grandes cualidades: escepticismo y empirismo, las mismas cualidades que podemos discernir en Tomás. 

Y cuando Jesús resucitado aparece, Él invita al que duda a mirar, a ver y a tocar. Pero luego viene esa frase devastadora: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”. 

Si obstinadamente decimos, incluso en el área de la ciencia, que aceptaremos solo lo que podemos ver, tocar y controlar, no sabríamos mucho sobre la realidad. Esto nos ayuda a comprender mejor las palabras de Jesús a Tomás. No es que nosotros, que no hemos visto y hemos creído, nos estemos conformando con un pobre sustituto del ver. No, más bien nos describe como bendecidos, más bendecidos que Tomás. Dios está haciendo todo tipo de cosas que no podemos ver, medir, controlar, y entender completamente. Pero es una fe informada que permite enamorarse de Dios.