Amigos, en nuestro Evangelio, Jesús cuenta parábolas que expresan su alegría por los pecadores arrepentidos. El cristianismo es, ante todo, una religión de lo concreto y no de lo abstracto. Toma su poder, no de una conciencia religiosa general, no de una convicción ética, no de una abstracción cómoda, sino de la persona de Jesucristo.

Es Cristo —en su inflexible llamado al arrepentimiento, sus gestos inolvidables de curación, su praxis de perdón única e inquietante, su provocativa actitud de no violencia y especialmente su traspaso de una muerte abandonado por Dios hasta una resurrección que irradia shalom— quien moviliza al creyente a un cambio de vida y a dar de sí mismo.

El tema del llamado “discurso inaugural” de Jesús es acerca de la conversión: “El reino de Dios está cerca. Arrepiéntete y cree en el Evangelio”. Y en sus últimas palabras el tema es la misión: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”. Habiendo sido cautivados por la belleza de la revelación, la única respuesta adecuada es un cambio de vida y el compromiso de convertirnos en misioneros.