Amigos, en el Evangelio de hoy, Jesús explica el propósito de las parábolas: “A ustedes se les ha concedido conocer claramente los secretos del Reino de Dios; en cambio, a los demás, sólo en parábolas para que viendo no vean y oyendo no entiendan”.

El uso del vocablo “para” en el Nuevo Testamento nos indica fallas en la capacidad de ver en varios niveles. La gran metáfora aquí es la ceguera, una ceguera que se identifica con la desobediencia.

Las parábolas de Cristo están destinadas a resaltar y señalar esa ceguera, esta negativa voluntaria a ver. Las parábolas mismas, en su forma peculiar, son juicios sobre aquellos que no pueden ver en ellas señales de salvación.

Las parábolas son a menudo ejercicios cuyo propósito es confundir y desconcertar al oyente, derribando sus expectativas y alterando sus convicciones teológicas. Una parábola hace su trabajo cuando cambia nuestra concepción ordinaria del mundo espiritual. Y sería un gran error de nuestra parte si no prestáramos atención a las enseñanzas que surgen de estas historias asombrosas, divertidas, desagradables y extrañamente esclarecedoras que Jesús amaba contar.