Amigos, en el Evangelio de hoy, Herodes manda a decapitar a Juan el Bautista, convirtiéndolo en el primer mártir entre los seguidores de Cristo, el primero de muchos por venir.
¿Es posible leer el libro maravilloso y terrible de los mártires, el libro del Apocalipsis, sin ver el poder de la proclamación valiente y veraz de la Iglesia cristiana en sus inicios? Y a partir de ahí el número de testigos crece a lo largo de los siglos del cristianismo. Hoy, desde Pakistán hasta Nigeria y de Egipto a Irak, cristianos comunes arriesgan sus vidas simplemente por declarar su fe y adorar según su conciencia.
Ellos siguen los pasos de los grandes mártires de la tradición cristiana, desde Esteban, Pedro y Pablo, hasta el Padre Miguel Pro gritando “Viva Cristo Rey” a sus verdugos; Martin Luther King Jr. recibiendo una bala de un asesino por haber insistido en ser una voz resonante de la justicia del Nuevo Testamento; y Franz Jäggerstätter, Dietrich Bonhoeffer y Edith Stein, desafiando hasta moribundos las mentiras del nazismo.
Y lo que vemos en estos mártires no es un coraje ordinario, sino un coraje elevado y transfigurado a través del amor. Vemos la voluntad de regalar incluso la propia vida por amor a Cristo y a su pueblo.
