Amigos, en el Evangelio de hoy, Jesús nos dice que debemos amar a nuestros enemigos. Y por ello, considerar que nuestros enemigos son también nuestros hermanos. Fíjense que no se está negando que tengamos enemigos reales y que sean malos. Pero existe la convicción cristiana que todo ese mal no está diciendo la verdad más profunda sobre el enemigo.
La verdad más profunda es que también es un hijo de Dios y, por lo tanto, merece nuestro amor. Nada de esto implica que las personas malas no deben ser llevadas ante la justicia. Pero sí implica que la persona arrestada, juzgada, o encarcelada sigue siendo un hermano amado.
¿Cómo debería manifestarse esto? Hay ejemplos heroicos de amor al enemigo, como la pareja Amish que acompañó en amistad y luego defendió en la corte al joven que había asesinado brutalmente a su propio hijo; o el cardenal Bernardin, quien visitó y ungió al hombre que falsamente lo había acusado de conducta sexual inapropiada. Pero estos ejemplos son preciosos y raros.
Algo que todos podemos hacer es orar por quienes nos maltratan, ofreciéndole a Dios, expresando solidaridad espiritual con ellos.
