Amigos, en el Evangelio de hoy encontramos a Jesús que envía a los doce apóstoles en misión, dándoles autoridad sobre los espíritus impuros.

En los años sesenta y setenta era común, incluso en los seminarios, descartar este discurso como una superstición primitiva, o tal vez modernizarlo y convertirlo en un recurso literario, utilizando un lenguaje simbólico que evoca la lucha contra el mal. Pero este enfoque no hace justicia a lo presentado en la Biblia. Los autores bíblicos conocían acerca del mundo de espíritus caídos o moralmente comprometidos.

Imaginemos una persona verdaderamente malvada que también es muy inteligente, talentosa y emprendedora. Ahora elevemos esa persona a un nivel mucho más alto de perfección ontológica, y tendrás una idea de cómo es un demonio.

Jesús, a través de Su muerte y resurrección, ha obtenido la victoria sobre estas fuerzas oscuras. Y ha confiado a Su Iglesia los medios para usar esta victoria. Estos son los sacramentos (especialmente la Eucaristía y la Reconciliación), la Biblia, la oración personal, el Rosario, etc.

Jesús envió a los Doce a luchar contra los espíritus oscuros. Él da poder a Su Iglesia para hacer lo mismo. No seas reacio a usar las armas —y bálsamos curativos— que te han sido brindados.