Amigos, el Evangelio de hoy describe la obediencia del siervo fiel. Nuestras vidas no son acerca de nosotros, sino más bien del Rey. No estamos hechos para mandar a otros sino para obedecer. En presencia del imponente señorío de Dios —cuya grandeza nuestra mente y voluntad apenas puede sondear— nos inclinamos, escuchamos, nos rendimos. 

El Señor es el Rey, el que manda, dirige y supervisa, y quien, en consecuencia, exige obediencia. Para una tribu militante, como eran los antiguos hebreos, este término tenía, sin duda, una resonancia especialmente poderosa. La respuesta adecuada a un Rey es la obediencia. El Rey ordena, y el sirviente responde, de forma sencilla, rápida y sin vacilar.Es posible que un cortesano o un mensajero no comprenda la razón o las consecuencias de lo que el Rey le ha dicho que haga, pero lo hace confiando en la sabiduría y el poder de quien lo dice. La palabra “obedecer” viene del latín, obedire, que significa escuchar con atención, hacer caso. En la presencia de Dios, el Señor, nosotros Sus siervos debemos escuchar, inclinando nuestros oídos y nuestra voluntad a Su Palabra.