Amigos, en el Evangelio de hoy, Jesús nos enseña a encarar la riqueza con sabiduría. Permítanme citar un sermón de San Juan Crisóstomo sobre el enfoque correcto del dinero: 

“Los que aman el dinero son feroces en su búsqueda, como animales salvajes que persiguen a sus presas. Traicionan, engañan o explotan a su amigo más cercano cuando hay oro y plata que ganar. Aprenden a adormecer su conciencia como dedos en un día frío. Sus ojos se vuelven ciegos ante el sufrimiento que causan, y sus oídos sordos al llanto de aquellos cuyas vidas son arruinadas por ellos”. 

Estas son palabras fuertes y sacudieron a la gente en el momento en que las oyeron. También hoy nos sacuden. Pero, ¿puedes oír que está hablando en el mismo tono de Jesús? ¿Cuál es el fundamento de todo esto para Juan Crisóstomo? ¿Por qué lo dice? Está muy claro. Es que todo lo que tenemos, nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestro aliento, nuestra mente, nuestros logros, y también nuestra riqueza, es un regalo que nos ha dado un Dios generoso y, por lo tanto, nunca debe ser acumulado para nuestros propios beneficios y propósitos sino que siempre debe usarse para los propósitos de Dios.