Amigos, hoy Jesús nos habla sobre el fariseo y el recaudador de impuestos – estereotipos de personas justas e injustas – que entran al templo para orar. ¡Pero qué diferencia hay en la manera de rezar!

El meollo de la religión es hacernos humildes ante Dios y abrirnos al camino del amor. Lo demás, en mayor o menor medida, es secundario. La liturgia, la oración, los preceptos de la Iglesia, los mandamientos, los sacramentos, y lo sacramental – todo ello – está finalmente destinado a encauzarnos al camino del amor. Cuando, por otro lado, nos alejan de ese camino, han sido entonces desvirtuados.

Tanto San Pablo como los Evangelistas – como, por supuesto, también el mismo Jesús – son muy conscientes de este peligro. Esta es precisamente la razón por la cual Pablo habla de los peligros de la Ley. Él sabía que, a menudo, las personas usan la Ley como arma de agresión: porque saben lo que está bien y mal con cierta precisión, entonces están en una posición única para señalar los defectos de otros. Y cuando señalo tus defectos, agrando mi estima. En resumen, la Ley, que es un regalo de Dios, ha sido entonces apropiada para fines propios del ego.