Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús explica el propósito de las parábolas: “A ustedes se les ha concedido conocer claramente los secretos del Reino de Dios; en cambio, a los demás, sólo en parábolas para que viendo no vean y oyendo no entiendan”.

El uso del vocablo “para” en el Nuevo Testamento nos indica fallas de visión en varios niveles. La gran metáfora aquí es la ceguera de los judíos, una ceguera que se identifica con la desobediencia.

Las parábolas de Cristo están destinadas a resaltar y señalar esa ceguera, esa voluntaria negativa a querer ver. Las parábolas mismas, en su peculiar forma, son juicios sobre aquellos que no pueden ver en ellas señales de salvación.

Las parábolas son a menudo ejercicios cuyo propósito es confundir y frustrar al oyente, derribando sus expectativas y alterando sus convicciones teológicas. Una parábola es efectiva cuando pone patas para arriba nuestra concepción ordinaria del mundo espiritual. Y seríamos muy negligentes si no prestamos atención a las instrucciones que surgen de estas historias asombrosas, divertidas, desagradables y extrañamente esclarecedoras que a Jesús le encantaba relatar.